10 julio 2006

El semen de los hombres


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Orígenes
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Tratado de los principios
I 2.4

Quæcumque ergo diximus de sapientia Dei, hæc convenienter aptabuntur et intellegentur etiam pro eo quod Filius Dei vita est, et pro eo quod Verbum est, et pro eo quod veritas est, et pro eo quod via est, et pro eo quod resurrectio est, quia hæ omnes appellationes ex operibus eius ac virtutibus nominatæ sunt, et in nulla harum vel levi opinione intellegi corporale aliquid potest, quod vel magnitudinem designare videatur, vel habitum, vel colorem. Verum quoniam hi qui videntur apud nos hominum filii, vel ceterorum animalium, semini eorum a quibus seminati sunt respondent, vel earum quarum in utero formantur ac nutriuntur, habentes ex his quidquid illud est quod in lucem hanc assumunt ac deferunt processuri, infandum est et illicitum Deum Patrem in generatione unigeniti Filii sui atque in subsistentia eius exæquare alicui vel hominum vel aliorum animantium generanti; sed necesse est aliquid exceptum esse et Deo dignum, cuius nulla prorsus comparatio -non in rebus solum sed ne in cogitatione quidem vel sensu- inveniri potest, ut humana cogitatio possit apprehendere quomodo ingenitus Deus Pater efficitur unigeniti filii. Est namque ita æterna ac sempiterna generatio, sicut splendor generatur ex luce, non enim per adoptionem Spiritus Filius fit extrinsecus, sed natura Filius est.

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Por tanto, todo lo que digamos de la Sabiduría de Dios será conveniente aplicarlo y entenderlo también del Hijo de Dios, por lo que es Vida, y por lo que es Verbo, y por lo que es Verdad, y por lo que es Camino, y por lo que es Resurrección, porque todas estas denominaciones son nombradas por sus operaciones y potencias, y en ninguna de ellas hay la más mínima razón para entenderlas de modo corporal, o que parezca designar ya magnitud, ya forma o color. Porque, en verdad, si los hijos de los hombres o de otros animales que con nosotros vemos se corresponden al semen de aquellos por los que son procreados (sembrados) o de aquellas en cuyo útero se han formado y nutrido, teniendo de éstos todo lo que toman y llevan cuando salen a luz, infando es e ilícito equiparar a Dios Padre en la generación de su Hijo unigénito y en su subsistencia con alguna generación ya de hombres o de otros animales; sino que necesariamente es algo excepcional y digno de Dios, de lo cual ninguna comparación en absoluto -no solo en las cosas, sino tampoco en pensamiento alguno o sentido- podemos hallar para que la mente humana pueda aprehender el modo en que Dios ingénito se hace Padre del Hijo unigénito. En efecto, esta generación es eterna y sempiterna, como el resplandor se genera de la luz, pues el Espíritu no se hace hijo extrínseco por adopción, sino que es Hijo por naturaleza.
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El libro de Orígenes puede leerse online en latín: De Principiis
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Lo más relevante de este texto traducido del castrati Orígenes, que he procurado traducir del modo más literal posible, no es que se contradiga a sí mismo afirmando una cosa y luego negándola: se nos dice que los atributos de Dios son también los de su Hijo porque los hijos tienen los mismos atributos que sus padres (como vuestros padres, así también vosotros, He 7.51) y acto seguido se nos dice que esto ni siquiera está permitido decirlo, a pesar de lo cual él no solo lo dice, sino que lo repite pocas líneas después citando el versículo 5.3 del Génesis: y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen.
Lo más llamativo del texto es su evidente docetismo, y más todavía si se tiene en cuenta que Orígenes fue el teólogo más importante de su tiempo, es decir, su opinión no era ninguna herejía, sino el punto de vista más acreditado de toda la Iglesia. San Jerónimo lo llamaba segundo maestro de las Iglesias después del Apóstol.
Orígenes señala que todas las cosas que son del Padre, son de Cristo, omnia quae Patris sunt, Christi sunt (→ Jn 17.10), como la omnipotencia (I 2.10), ya que en nada absolutamente cambia ni difiere el Hijo del Padre en potencia de obras, in nullo prorsus Filius a Patre virtute operum inmutatur ac differt (I 2.12), y que los atributos de Dios no pueden entenderse de modo material o físico (nótese que la resurrección no era corporal), porque a Dios nadie lo ha visto nunca (Jn 1.18), y no hay ninguna naturaleza para la cual Dios sea visible, nulla natura est cui visibilis sit Deus, sino que es invisible por naturaleza, naturaliter invisibilis est. Por consiguiente, todo lo que es propio de los cuerpos no se ha de pensar del Padre ni del Hijo. Quicquid ergo propium corporum est, hoc nec de Patre nec de Filio sentiendum est (I 1.8), o lo que es lo mismo, el Hijo de Dios nunca tuvo un cuerpo, y esta era la opinión mayoritaria de los gnósticos: los cuales no admiten que Jesucristo ha venido en carne (2Jn 7; 1Jn 4.3). De modo que si el Padre era invisible, también el Hijo era siempre invisible, πάντοτε ἀοράτως, (Hechos de Tomás 65.2; 165.2). Jesucristo era la imagen de Dios invisible (Co 1.15), pero esta imagen ¡¡también era invisible!!, porque la imagen de Dios invisible es invisible, quod invisibilis Dei imago invisibilis est.., ut sicut ipse est invisibilis per naturam, ita imaginem quoque invisibilem genuerit. Verbum enim est Filius, et ideo nihil in eo sensibile intellegendum est, como Él es invisible por naturaleza, ha engendrado también una imagen invisible. Porque el Hijo es el Verbo, y por tanto, nada sensible puede entenderse en Él. (I 2.6, cf. el nombre es invisible.., el nombre del Padre es el Hijo, Evangelio de la verdad, 39).
Non enim corporis figmentum Dei imaginem continet, la figura del cuerpo no contiene la imagen de Dios (Homilías sobre el Génesis, 1.13), lo que equivalía a decir que la imagen de Dios , es decir, Jesucristo, nunca tuvo un cuerpo.
El teólogo castrado vuelve a repetir la misma idea varias veces: cum solius Dei, id est Patris et Filii ac Spiritus sancti, naturae id proprium sit, ut sine materiali substancia et absque ulla corporeae adiectionis societate intellegatur existere.
Puesto que solamente de la naturaleza de Dios, esto es, del Padre y del Hijo y del Espíritu santo, es propio esto, que pueda entenderse existir sin sustancia material y sin ninguna asociación corporal añadida (I 6.4, II 2.2; 4.3).
Al final del libro también se repite la misma idea: Deus Pater cum sit invisibilis et inseparabilis a Filio, non per prolationem ab eo, ut quidam putant, generatus est Filius. Si enim prolatio est Filius Patris, prolatio vero dicitur quae talem significat generationem, qualis animalium vel hominum solet esse progenies, necessario corpus est et is, qui protulit, et is, qui protulatus est. Puesto que Dios Padre es invisible e inseparable del Hijo, no por producción de él, como piensan algunos, es generado el Hijo. Porque si el Hijo es una producción del Padre, y decimos que tal producción significa generación, como suelen ser las progenies de los animales o de los hombres, necesariamente es un cuerpo lo que produce y lo que es producido. En efecto, el Hijo ha sido procreado o engendrado por el Padre (procreatum/genitam) ¡¡prescindiendo de todo sentido corporal!! absciso omni sensu corporeo (IV 1.28).  

Por último, Orígenes llega al paroxismo del absurdo cuando nos dice lo siguiente: Post haec vero competenter admonebimus de adventu corporali et incarnatione unigeniti Filii Dei. In quo non ita sentiendum est, quod omnis deitatis eius maiestas intra brevissimi corporis claustra conclusa est, ita ut omne Verbum Dei et sapientia eius ac substantialis veritas ac vita vel a Patre diuulsa sit, vel intra corporis illius coercita et circumscripta brevitatem. Después de esto, es conveniente que recordemos la venida corporal y la encarnación del Hijo unigénito de Dios, en la cual no se ha de pensar que toda la majestad de su divinidad está encerrada en los límites de un cuerpo reducidísimo, de modo que todo el Verbo de Dios y su Sabiduría y sustancial Verdad y Vida o esté separada del Padre, o contenida y circunscrita en la brevedad de aquel cuerpo (IV 1.30).
Esta idea ya fue expresada pocos años antes por san Justino, y no era original de los cristianos (ver la entrada Esperma: semen o simiente). Como el mar no cabe en un cántaro, negar que la sustancia infinita de Dios (el semen cósmico) pudiera encerrarse en un cuerpo humano equivalía a negar la realidad de la encarnación. Dado que Orígenes fue el teólogo más importante del siglo III, antes de que el cristianismo se convirtiera en religión oficial, los textos que he presentado aquí bastan para demostrar que el gnosticismo no era ninguna herejía sino el punto de vista predominante en la Iglesia. El sistema doctrinal de Orígenes, que él tiene por cristiano y eclesiástico, lleva una marca excesivamente neoplatónica y gnóstica (Enciclopedia Espasa Calpe: origenismo). Antes de que los gerifaltes del siglo IV aparecieran dispuestos a eliminar todo lo que les molestaba con una gran cadena en su mano (Ap 20.1), el gnosticismo campaba a sus anchas en la frondosa selva de las fantasías místicas. Según san Ireneo, un santo tan necio y tosco que pensaba que Dios había formado realmente al primer hombre a partir del barro, como una figura de terracota, y que el Verbo se había encarnado tan realmente como había sido formado Adán (contra 1Co 15.47. Esto demuestra lo fácilmente que los cristianos se tragaban los mitos: las fantasías eran tomadas como realidades, razón por la que no les costaba ningún trabajo afirmar la realidad del Hijo de Dios, sin darse cuenta de que esta realidad era tan ficticia como la de los «falsos gnósticos». Ellos veían la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio), a finales del siglo II existía una multitud infinita de escrituras apócrifas y bastardas, y una multitud de gnósticos, que han surgido como los hongos de la tierra (Adversus haereses, I 20.1, 29.1). Los gnósticos negaban en masa la realidad de la encarnación: ningún hereje confiesa que el Verbo de Dios se hizo carne (Idem III 11.3). Es difícil pensar que los gnósticos eran más estúpidos que los teólogos modernos, pues ellos estaban mucho mejor situados cronológicamente para ver la realidad o la irrealidad que ninguno de éstos: vemos mejor un árbol, real o ficticio (el de la Sabiduría, por ejemplo, que se parecía al algarrobo (1 Enoch 32.4). El árbol de la vida es el Cristo (Enseñanzas de Silvano, 106), que sería muy parecido al famoso árbol de *Massa Marittima* o a los que se fabrican en Korea), a cien metros que a dos kilómetros.
Aquí radicaba la mayor contradicción del cristianismo, que revela la falacia de un Jesús histórico. Si Dios no podía tener un cuerpo de ningún modo, los cristianos no podían explicar sin recurrir a la fantasía cómo apareció Dios en el cuerpo de un hombre o cómo nació el deus-homo. Partiendo de tales premisas, Orígenes se ve obligado a reconocer, a pesar de su abundante verborrea mística, que es imposible entender que la Sabiduría de Dios haya entrado en el coño de una mujer, ingressa esse Dei sapientia vulvam feminae (nótese que aquí se identifican explícitamente Sabiduría y semen). Explicar esto excede la mente humana, y excede con mucho las fuerzas, ya de nuestros méritos o ingenio o palabras. Pienso que incluso sobrepasaba la capacidad de los apóstoles. Más aún, quizás la explicación de este misterio está fuera del alcance de todas las potencias celestes creadas (II 6.2).
Cuando el cristianismo era tan solo una religión
de ayer
(hesterni sumus, de ayer somos, Tertuliano, Apologético 37.4), el recuerdo del Hijo carpintero de Dios debía de estar vívido y fresco, y sin embargo, quien residió gran parte de su vida en la misma tierra y a escasos kilómetros de la todavía inexistente Nazaret nos dice que Dios no puede tener un cuerpo y era imposible que la naturaleza de Dios se mezclara con un cuerpo sin un mediador, non enim possibile erat Dei naturam corpori sine mediatori misceri (II 6.3). Incurrent etiam in illud absurdum, quod Deum corporeum esse dicant... Et si corpus esse pronuntietur Deus, quoniam omne corpus ex materia est, invenietur et Deus esse ex materia. Incurren también en el absurdo de decir que Dios es corpóreo... Y si se afirma que Dios tiene un cuerpo, puesto que todo cuerpo es de materia, resultará que Dios es de materia (II 4.3). Si decir que Dios tenía un cuerpo era absurdo, afirmar que sin tenerlo se hizo hombre era todavía más absurdo. Puesto que Dios es uno (Gál 3.20, Jn 10.30), si Dios no podía tener un cuerpo, Jesucristo tampoco, como así opinaban todos los gnósticos. ¿Cómo podía pensar que el Hijo de Dios tuvo un cuerpo quien escribió que mientras estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor? (2Co 5.6). ¿Cómo podía pensar que Dios se hizo hombre quien consideraba necios de mente depravada a los que cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, cambiando así la verdad de Dios en mentira (Ro 2.22-28)? ¿Cómo podía pensar que el Verbo de Dios se encarnó quien sostenía que la carne no puede ser hermosura verdadera, pues toda ella es torpeza? ¿Quien llamará nobleza a la que viene por nacimiento, según la gente, una vez conocida la nobleza del nacimiento de los hijos de Dios? (Sobre la oración, 2.15.2). Quien del modo más torpe y ruin pensaba que el nacimiento carnal era algo innoble y lo contraponía al ficticio nacimiento de los hijos de Dios, ¿cómo podía pensar que el Hijo de Dios tuvo un nacimiento innoble? ¿Qué tipo de ficticia y vil nobleza tuvo el nacimiento del Hijo ficticio de Dios, que había nacido en un pesebre? (Lc 2.7). Orígenes no solo olvida u omite que Cristo había tenido un nacimiento humano al margen de la biología, sino que nos dice bien claro que su nacimiento no se podía comparar en absoluto con ninguna generación humana. Pero si esta generación era eterna se hacía totalmente innecesaria su generación temporal: El Padre no engendró al Hijo para soltarlo desde su generación, sino que lo engendra sin cesar (Homilías sobre Jeremías, 9.4).
La ficción de un Jesucristo histórico no solo quedaba declarada porque siendo Dios no podía tener un cuerpo, o porque no nació de semen humano, es decir, no pudo nacer nunca, sino porque, para los gnósticos que lo inventaron, Jesucristo existía antes de haber nacido (Jn 8.58; Co 1.17), es decir, era una ficción desde el principio. Prius mente quam corpore, antes en la mente que en el cuerpo (San León Magno, Sermo 21.1, San Agustín, Sermo 215.4). El Mesías fue una fantasía mística en la mente de los cristianos antes que una realidad corporal. Orígenes nos dirá que Cristo nació ¡¡como la voluntad procede de la mente!! Sed absciso omni sensu corporeo, ex invisibili et incorporeo Deo Verbum et sapientiam genitam dicimus absque ulla corporali passione, velut si voluntas procedat e mente. Sino que prescindiendo de todo sentido corpóreo, del invisible e incorpóreo Dios el Verbo y Sabiduría decimos que nació sin ninguna pasión corporal, como la voluntad procede de la mente (IV 1.28).
Porque, si ninguna razón puede admitir que la sustancia (οὐσίαν) no engendrada e inmutable de Dios todopoderoso se transmute en la forma de hombre (Eusebio, Historia eclesiástica I 2.8) y si a Dios no se le podía aplicar de ningún modo el concepto de generación biológica, ¿por qué estrafalario y virginal mecanismo biológico se hizo Dios hombre?, y si la generación del Hijo de Dios no fue mediante semen humano, y en esto estaban de acuerdo todos los cristianos desde los más gnósticos hasta los menos, y no es posible tener hijos sin la cooperación de hombre y mujer (Orígenes, Sobre la oración, 2.6), ¿por qué tipo de alienígena y alucinante generación nació el Hijo de Dios? y si esto no solo no podía comprenderse mediante ningún ejemplo, sino que estaba más allá de la mente humana, ¿como habían llegado a saberlo ellos?, ¿por qué tipo de ciencia infusa e infalible sabían los cristianos que esta luminosa generación era eterna y sempiterna? ¿Acaso habían lanzado ellos una sonda espacial al centro interestelar de Dios para medir tan sublime luz que no existía en ningún sitio? (Ap 22.5)


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En esta entrada, ídolos itifálicos típicos de Camerún.

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