05 agosto 2010

Semen de luz y semen de corrupción

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En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.  
Juan, 1.3

Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.
Juan, 12.36

Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor: andad como hijos de luz.  
Efesios, 5.8

la luz que es perfecta y llena del esperma del Padre.
Evangelio de la verdad, 43

Lumen ergo Pater, lumen Filius, lumen Spiritus sanctus, simul autem non tria lumina, sed unum Lumen. 
Pues luz es el Padre, luz el Hijo, luz el Espíritu santo, pero no tres luces a la vez, sino una sola luz.
San Agustín. De trinitate, 7.6


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Los pueblos orientales veneraron (y veneran aún hoy) los órganos sexuales tal cual, en su más desnuda y cruda figuración y sin necesidad de ocultarlos bajo toneladas de símbolos. En cambio, en el cristianismo el símbolo, convertido en una entelequia abstracta y literatura mística, usurpó completamente el lugar de lo simbolizado, olvidando por completo el objeto real que había detrás del símbolo e impidiendo que fuera reconocido, a pesar de conservar intactos todos sus atributos.
Ya sabes, le contesté, que cuanto dijeron e hicieron los profetas, como vosotros mismos concedisteis, lo envolvieron en comparaciones y símbolos, de modo que la mayor parte de las cosas no pueden ser fácilmente entendidas por todo el mundo, pues escondieron la verdad que hay en aquellos símbolos, a fin de que quienes la buscan, la hallen y aprendan con esfuerzo (San Justino, Diálogo, 90.2).
El Falo, el dador de vida por excelencia, fue anulado e identificado con el Diablo, el alter ego de Dios, que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios (2Te 2,4). Tú enredaste en la concupiscencia al primer hombre (Hechos de Pedro, 8.6). En realidad, lo que se anulaba era el falo o padre «terrenal», el verdadero autor de la vida, no el celestial, aunque los cristianos habían invertido la relación entre ambos. Pero en el fondo de su loca fantasía Dios seguía siendo el Diablo, uno era el reflejo del otro: porque el mismo Satanás se transfigura en ángel de luz (2Co 11.14).
Fornicación = Diablo: huid de la fornicación (1Co 6.18, He 15.29), no deis lugar al Diablo (Ef 4.27, Stg 4.7). Nosotros no hemos nacido de fornicación, vosotros sois (procedéis) del padre el Diablo (Jn 8.41,44, Stg 1.15).
Jesucristo nunca existió, porque no nació de fornicación (no nació de coito, Orígenes, Contra Celso, 2.68), no nació de voluntad de carne ni de voluntad de varón (Lc 1.34, Jn 1.13). El Hijo de Dios no podía ser hijo de la carne (Ro 9.8), porque con la carne sirvo a la ley del pecado y él no conoció el pecado (Ro 7.5,25, 2Co 5.21, Heb 4.15) y no vio la corrupción ( He 2.31; 13.37). Se siembra en corrupción (1Co 15.42, Gál 6.8), es decir, el Hijo de Dios no fue «sembrado» nunca. Ningún hombre puede nacer sin fornicación o tener un nacimiento virginal, y los que acepten que el Hijo de Dios fue un hombre histórico, si no son unos farsantes, tendrán que tragarse la incorruptible e invisible placenta de su nacimiento virginal, que fue un dogma mantenido a rajatabla por la Iglesia primitiva: Virgo concepit, virgo peperit, virgo permansit, virgen concibió, virgen parió, virgen permaneció (Evangelio Ps.Mateo 13.3, San Agustín, Sermo 51, 11). La virgen María peperit et non peperit, virgo et non virgo, parió y no parió, virgen y no virgen, ha dado a luz y no ha dado a luz, dice la Escritura (Tertuliano, De carne Christi, 23.2, Clemente de Alejandría, Stromata, 7, 94.2), es decir, no ha dado a luz nunca. Lógicamente, a un modo tan sublime y ficticio de parir sin parir le correspondía un nacer sin nacer, de modo que el Hijo de Dios nació y no nació, γεννητὸς καὶ ἀγεννητος (San Ignacio, Efesios, 7.2). No se trata aquí de una idea extravagante y superflua, sino de un elemento esencial y nuclear del mito, puesto que: La virginidad permanente de María es afirmada por la tradición de la Iglesia y es enseñada como una verdad de fe por el magisterio (Nuevo Catecismo para adultos, Supl. p. 23). El nacimiento virginal no era una simple leyenda añadida a la «historia» de Jesús, sino la demostración de que toda la «historia» de Jesús era una leyenda, de lo contrario, la Iglesia no se habría tomado tantas molestias en defender a ultranza semejante bobada.
Un concilio local de obispos italianos y africanos, celebrado en el año 649 en el Laterano de Roma bajo el Papa Martín I, dijo: «Quien no confiese con los santos Padres a la santa y siempre virgen e inmaculada María como engendradora de Dios en el auténtico y verdadero sentido (el «sentido inauténtico y no verdadero» había sido establecido cien años antes en el quinto Concilio Ecuménico o Segundo de Constantinopla (553) como aquel que llama «engendradora» de Dios (zeotokos) a la santa, gloriosa, siempre virgen María, sólo en virtud de la relación, como si de ella hubiese nacido un mero hombre y el Logos de Dios no hubiese tomado carne en ella), pues, en los últimos tiempos, in ultimis saeculorum (o al fin de los siglos. Todavía a estas alturas, en el siglo VII, la Iglesia relacionaba la venida del Hijo de Dios con el fin del mundo. Para los cristianos primitivos ambas cosas serían simultáneas y las designaban con el mismo nombre: parusía), concibió sin semen, absque semine, del Espíritu santo (nótese la sustitución del semen humano por su homólogo divino) y dio a luz propia y verdaderamente, permaneciendo intacta (virgen), al mismo Verbo divino, engendrado por el Padre antes de todo tiempo, de tal modo que conserva la virginidad incluso después del nacimiento, sea anatema.»
Es especialmente importante el texto del concilio XI de Toledo, del año 675: «De estas tres personas, sólo la persona del Hijo, para la liberación del género humano, creemos que se hizo hombre verdadero sin pecado (lo que equivalía a decir sin carne: ningún hombre «sin pecado» podía ser verdadero, ya que, según ellos, el pecado reside en la carne (Ro 7.17,18,20), de la santa e inmaculada virgen María, de la cual de un nuevo modo y por una nueva natividad es engendrado; de un nuevo modo porque el invisible por la divinidad se mostró visible en la carne, (sic) y también por una nueva natividad es engendrado, porque la virginidad intacta y sin conocer el coito viril (virilem coitum nescivit), y fecundada por el Espíritu santo, suministró la materia de su carne. Este parto virginal ni se comprende por la razón ni puede mostrarse por un ejemplo».
(M. Schmaus, El credo de la Iglesia Católica II, p. 679, Ed. Rialp).
No es el Cristo hombre que viene de los hombres (ἂνθρωπος ἐξ ἀνθρώπων), engendrado según lo común de los hombres… Su nacimiento es inexplicable. Porque nadie, siendo hombre que viene de los hombres (ἂνθρωπος ὢν ἐξ ἀνθρώπων), tiene un nacimiento inexplicable (San Justino, Diálogo, 54.2; 76.2). Evidentemente, si Cristo no nació de (ξ) los hombres no fue un hombre, y afirmar que no nació como los hombres equivalía a decir que no nació nunca. Cristo ¿era del cielo o de los hombres? (Mr 11.30, Mt 21.25). Los cristianos no solo aseguraban que era del cielo (1Co 15.47), sino que no era «de los hombres».
El Concilio de Calcedonia (451) era doblemente explícito: Cristo fue concebido sin coito y sin semen (humano): sine virili semine conceptus est Christus ex Virgine, quam non humanus coitus, sed Spiritus sanctus fecundavit... paterni semini transfusio non pervenit, sin semen viril fue concebido Cristo de una Virgen, la cual fue fecundada no por coito humano, sino por el Espíritu santo (nótese la sustitución)... no hubo efusión de semen paterno (San León Magno, Sermón II de la Natividad, 3). Esta doble imposibilidad biológica era el certificado de ficción de Cristo, el marchamo de fabricación de un mito. En realidad, el nacimiento virginal era una fantasía gnóstica de la que no podía deshacerse la Iglesia, poque ello supondría desmontar todo el tinglado de las profecías y toda la economía de la salvación se vendría abajo. Como puede verse, este era el único Cristo verdadero, el que no nació nunca. El «Jesús de la historia» es una invención de los teólogos modernos, mucho más ficticio y doloso que aquel. A costa de falsificar la sublime «realidad» irreal de Dios, la Iglesia primitiva pudo deshacerse del docetismo, debido al enorme peligro que entrañaba, ya que suponía el reconocimiento de que toda la historia milagrera de Jesús era ficticia. Sin embargo, no pudo renunciar a la fantasía de un nacimiento virginal, siendo tan peligrosa o más si cabe que el docetismo, ya que ello habría supuesto prescindir de Dios y de la ficticia «salvación» del hombre, porque Dios nos salvó... por Jesucristo nuestro Salvador (Ti 3.5,6, 2Ti 1.9, 1Ti 1.15, Mt 1.21, Jn 3.17, etc).
El dogma del nacimiento virginal demuestra que la idea de un nacimiento carnal no estaba en el inventario primitivo de los gnósticos y que cualquier afirmación de la existencia histórica del Hijo de Dios es una falacia. El nacimiento virginal de Jesucristo es una de las muchas pruebas que se pueden extraer del Nuevo Testamento de que el Hijo de Dios nunca existió. Cristo no pudo estar en nuestra carne porque no fue de semen viril, non putant carnem nostram in Christo fuisse quia non fuit ex viri semine (Tertuliano, De carne Christi, 16.5). Ningún hombre puede nacer sin semen o sin coito viril. Ningún hombre puede nacer del semen incorruptible de un Padre invisible (renati non ex semine corruptibili, sed incorruptibili, 1Pe 1.23). En este sentido, el semen del Diablo, diaboli semen (Tertuliano, De carne Christi, 17.6), el Falo desnudo y visible, el Príncipe de este mundo (Jn 12.31; 14.30; 16.11), siendo corruptionis semen, semen de corrupción (Hechos de Pedro, 15.2, Evangelio Ps.Mateo, 28), era mucho más prolífico y real que Dios, mientras que el Falocristo NO era de este mundo (Jn 8.23; 17.14) y por eso no vio la corrupción (He 2.31; 13.37).
La idea de un Dios hecho hombre no solo era una herejía blasfema para los primeros cristianos, los gnósticos, sino una idea completamente absurda. Para el hombre de hace dos mil años existía un abismo inconmensurable entre Dios y el Hombre: el misterio de Dios uno y trino, que en sí mismo es completamente trascendente respecto al mundo, especialmente el mundo visible (Juan Pablo II, Carta encíclica Dominum et vivificantem, 54). Dios no pudo ser un hombre «histórico» porque entre la historia y Dios había un abismo absoluto: De aquí que todo cambio e historia, con toda su tribulación, permanezca en esta parte del abismo absoluto que necesariamente separa al Dios inmutable del mundo del cambio y les impide mezclarse (K. Rahner, Sobre la teología de la encarnación). La infinita distancia que separa al Increado del creado, Dios del Hombre (El Espíritu del Señor, Comité Jubileo 2000). Dios soy y no hombre (Os 11.9). El Dios perfecto está exento de carne, el hombre, empero, es carne (Taciano, Discurso, 15, 25). Los cristianos gnósticos no confiesan que Jesucristo ha venido en carne (1Jn 4.3; 2Jn 7): nosotros desde aquí a nadie conocemos según la carne (2Co 5.16), no andamos según la carne, sino según el Espíritu, porque los que están en la carne no pueden agradar a Dios, qui autem in carne sunt, Deo placere non possunt (Ro 8.4,8).
Por esta imperiosa razón, Jesucristo nunca pudo estar in carne ni haber nacido según la carne.., porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción.., y su carne no vio la corrupción (Gál 4.29; 6.8, He 2.31; 13.37. Nótese que aquí el giro σπείρων εἰς τὴν σάρκα designa explícitamente al coito). Dicho de otra forma, el Hijo de Dios nunca tuvo un cuerpo de carne y sangre: ¡¡porque la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios, quia caro et sanguis regnum Dei possidere non possunt!! (1Co 15.50). Según los gnósticos, únicamente podía salvarse o alcanzar el reino de Dios el cuerpo espiritual, es decir, el alma, no el cuerpo terrenal o físico (1Co 15.40,44). De aquí la necesidad, para los que la parusía pillara en vida, de la transformación del cuerpo carnal o terrenal en un cuerpo celestial, etéreo o astral (1Co 15.40, a continuación de este versículo se menciona el Sol y las estrellas): porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción (1Co 15.42,53), lo cual sería innecesario si lo que resucitara fuera el cuerpo físico. Los cristianos primitivos esperaban con fervor la inmediata venida o aparición de Cristo (la primera y única: el fin del mundo: ¿qué señal habrá de tu parusía, y del fin del mundo? (Mt 24.3), porque ellos creían que esta parusía ocurriría en su tiempo, no miles de años después: Hay algunos de los que aquí se encuentran, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino (Mt 16.28; Mc 9.1, Lc 9.27), no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca (Mt 24.34, Mc 13.30, Lc 21.32), pero aquella generación pasó y el fin del mundo nunca ocurrió, ni nunca vino ni vendrá Jesucristo), y por esto, nosotros los vivos, los que quedamos hasta la parusía del Señor.., todos seremos transformados (1Te 4.15; 1Co 15.51, Fi 3.21). Ninguno de ellos quedó vivo hasta la parusía ni fue transformado.
El pecado que habita en mí, es decir, en mi carne (Ro 7.17,18,20). Si el pecado habita en la carne, quien no conoció el pecado, no conoció la carne. Los numerosos pasajes de las epístolas que execran y denigran expresa y rotundamente la *carne* , identificada con la muerte y el pecado, es decir, con el Diablo, que tenía el imperio de la muerte (Heb 2.14), demuestran que la idea de un Dios en carne o encarnado no estaba en el inventario de los cristianos más primitivos: sin padre, sin madre, sin genealogía, que ni tiene principio de días ni fin de vida, hecho semejante al Hijo de Dios (Heb 7.3).
Lo que tú siembras no se vivifica si no muere (1Co 15.36; Jn 12.24). Para los gnósticos la vida nace de la muerte (El Espíritu del Señor, C. J. 2000, p. 69, 142. Una idea precristiana: Ahora has muerto y ahora has nacido, tridichoso, en este día, A. Bernabé, Textos órficos y filosofía pres., T67), una idea completamente absurda que nosotros ya no podemos comprender y de la que se habría burlado Epicuro (He 17.18,32). Por esta razón, en las capas más antiguas del NT (las epístolas) no se menciona ningún dato biográfico del ficticio Jesús ni hay el más mínimo rastro de sus discursos ambulantes y celestiales. El Espíritu que inspiraba a los que las escribieron padecía amnesia y no les recordaba todo lo que yo os he dicho (Jn 14.26). El pasaje de 1 Corintios 11.23-26 no puede tomarse en cuenta porque el ficticio autor de la carta no estuvo en la Santa Cena, y además se desmiente a sí mismo: yo recibí (παρέλαβον, accepi) del Señor lo que os he enseñado.., pues yo ni lo recibí (παρέλαβον, accepi) ni aprendí de un hombre, sino por revelación de Jesucristo (1Co 11.23, Gál 1.12), y la revelación no era ningún sistema magnetofónico o electrónico de memorizar lo que el Hijo de Dios había dicho. ¿Qué pneuma o viento se llevó entonces sus palabras para que nunca las recordaran los que redactaron las epístolas? ¿No guardaron y no permanecieron sus palabras en ellos? (Jn 8.51; 15.7) ¿Cuándo había enmudecido la tradición oral? ¿Se habían tragado sus palabras vivificantes? Por ningún lado aparecen en las epístolas los logia que nunca dijo el esperma de David, σπέρματος Δαυῒδ (Ro 1.3, Jn 7.42, 2Ti 2.8).
El núcleo original era Jesús y la resurrección (He 17.18), no un Jesús de un Nazaret que no estaba en ningún mapa y no mencionado ni una sola vez en las epístolas (ni a Jesús el Nazareno, Ἰησοῦς ὁ Ναζωραῖος), y lo más sorprendente y que más delata el carácter ficticio del Hijo de Dios: ni una sola vez se menciona a Jerusalén relacionada con los grandes hechos salvadores realizados por Cristo, con sus milagros al por mayor o con lo que fue culminación de su existencia, su muerte y su liberación de ella por obra de Dios, es decir, su resurrección (N. Catecismo para adultos, p. 76, 86). A pesar de hablar en ellas por doquier de este acontecimiento divino y del nacimiento de los hijos de Dios, nunca se habla del nacimiento del Hijo de Dios por excelencia, porque su nacimiento, el único y verdadero, fue su resurrección: resucitando a Jesús, como también en el salmo segundo está escrito: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado HOY (He 13.33, !y esta cita se halla en el libro considerado más histórico del NT¡). Por esta razón, Jesucristo era el primogénito de los muertos, ὁ πρωτότοκος τῶν νεκρῶν (τόκος: parto, nacimiento), es decir, el primer nacido de los muertos (Col 1.18, Ap 1.5). Esta resurrección se identificaba con el bautismo, el segundo nacimiento (Jn 3.3,4), correlativo de la segunda muerte (Ap 2.11; 20.14; 21.8) que ya no podría afectar a los hijos de Dios puesto que ellos habían nacido del Esperma luminoso de Dios (1Jn 3.9): sepultados juntamente con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con él por la fe de la operación de Dios, que lo levantó de los muertos (Col 2.12, Ro 6.1-14, 1Pe 3.21). Los cristianos se veían a sí mismos como muertos vivientes o zombis: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3.3, Ro 6.11; 8.10, Ef 2.5). Buscad la muerte como los muertos que buscan la vida (Apócrifo de Santiago, 6). Por esta razón muchos de ellos, imitando a Cristo, buscaban la muerte suicidándose. Suicidio divino y horrible al que ellos llamaban con el eufemismo de martirio: para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia... teniendo deseo de morir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Fi 1.21,23).
La realidad fue sustituida por una ficción platónica, ya que para los cristianos este mundo solamente era una sombra de las cosas celestiales (Heb 8.5; 10.1) y humo que se desvanece (Stg 4.14), porque la apariencia de este mundo se pasa (1Co 7.31). Porque todas las cosas materiales, sean las que fueren, se reducen a sombra pasajera y leve (Orígenes, Sobre la oración 2.15.1). Orígenes vendía un platonismo barato de esta forma: debe entenderse el oro verdadero en relación con las realidades incorpóreas, invisibles y espirituales; en cambio, por imitación de oro, en que no está la realidad misma, sino la sombra de la realidad, deben entenderse estas cosas corpóreas y visibles. (...) Por consiguiente, las cosas que hay en el cielo, invisibles e incorpóreas, son las verdaderas; en cambio, éstas que hay en la tierra, visibles y corporales, se dice que son imágenes de las verdaderas, pero no las verdaderas. (...) Más aún, el mismo oro visible, por ser visible, no era oro verdadero, sino imitación del oro verdadero, invisible (in Canticum, 2/8.17-20. Luego, según esta lógica ilusoria, el Hijo de Dios no era verdadero cuando era visible: Dios es verdadero, pero todo hombre falso, Ro 3.4). Entonces condenarás el engaño y extravío del mundo, cuando conozcas la verdadera vida del cielo (Diogneto, 10.7). Este mundo fue desposeído de su valor y sentido, traladados éstos a un Cielo ficticio, aunque para ellos realísimo. Esta concepción dualista..., la manera de hablar propia del platonismo sigue y no puede menos de seguir siendo la manera «popular» de hablar entre los cristianos..., dualismo cuyo resultado era privar al mundo sensible de la mayor parte de su realidad y significación (F. Copleston, Historia de la Filosofía I, p. 216, 373). Este dualismo, de raigambre platónica, impregna todas las páginas del Nuevo Testamento y resuena todavía como un sonsonete manido en la encíclica Mater et magistra: La doctrina de Cristo une, efectivamente, la tierra con el cielo (¿y qué tabique místico los separa?), en cuanto que abarca al hombre totalmente, es decir, su alma y su cuerpo, y lo invita a elevar su mente de esta mudable condición humana de vida a las regiones de la vida celestial, donde podrá un día gozar de una felicidad y una paz sin ocaso (M. et m. 2).
Pero cómo no iban a ser platónicos si ellos escribían, hablaban y pensaban en griego. A diferencia de los rollos de Qumrán o de las cartas de Bar Kochba, no existe ni un solo documento del cristianismo primitivo escrito en hebreo o en arameo, hecho que por sí solo demuestra la inexistencia de Jesús, ya que es de suponer que los doce y los quinientos hermanos (1Co 15.6) que lo vieron (en visiones) hablaban el hebreo, y nadie abandona su lengua así como así, sobre todo teniendo en cuenta que no son los judíos muy amigos de las letras griegas (Orígenes, Contra Celso, 2.33).
Este mundo y el otro son dos enemigos (2 Clemente, 6.3). Los cristianos primitivos, los judíos de Egipto (que no hablaban el hebreo), apropiándose del dualismo de Platón (este mundo era solo una copia de un modelo ideal y eterno: Timeo 29 s; cf. Heb 8.5; 10.1. Pero lo que en Platón solo era un mito, ellos lo tomaban al pie de la letra: lo real lo idealizaban y lo ideal o alegórico lo «realizaban». Véase como ejemplo la contraposición que hacía Orígenes entre los templos y estatuas reales y los ideales, Contra Celso, 8.17-20), mantenían una distinción radical entre las cosas del mundo (1Co 7.32s), identificado con el Diablo, y las cosas de Dios (1Co 2.11), entre las cosas que se ven y las que no se ven (2Co 4.18, Heb 11.3), otra razón más por la que Jesucristo nunca estuvo ni podía estar en este mundo, porque el mundo entero está bajo el Maligno (1Jn 5.19, el Demiurgo gnóstico), el príncipe de este mundo (Jn 12.31; 14.30; 16.11; Mt 4.8, Lc 4.6, Ef 2.2). Jesucristo no fue un alienígena, pero tampoco fue un hombre biológico o histórico, sino un fantasma literario, más ficticio que el burro de Apuleyo, y él mismo lo declaró: yo no soy de este mundo, yo soy de arriba (Jn 8.23; 17.14; 18.36), es decir, de ninguna parte, ya que la casa de Dios (el hombre interior o el cuerpo místico de la Iglesia, Ro 7.22, 2Co 4.16; 1Ti 3.15, 1Pe 4.17, Jn 14.2) era una casa no hecha de manos, es decir, no de esta creación (2Co 5.1, Heb 9.11, Hech 7.48,49), es decir, esta casa tampoco estaba en ninguna parte, sino en la fantasía celestial y psicodélica de los gnósticos.
El otro nombre (de Dios) es el de Padre, porque es el creador de todas las cosas, pues lo propio de un padre es procrear, y la tarea más sublime y sagrada de la vida, para los sensatos, es engendrar hijos (Hermes II 17). El Falo solar era el «otro» Sol: la fuente mística de la Luz eterna, su Esperma divino o Luz líquida: agua de luz o luz que fluye (Apócrifo de Juan, 27, San Hipólito, Refutatio, 5/20.7), la luz que es perfecta y llena del esperma del Padre (Evangelio de la verdad, 43). La luz eterna no es otra que el mismo Dios Padre (Orígenes, In Hebr, fr. 1), y era nombrado como el Padre que engendra los hijos de Dios, el Padre de la procreación, el Creador del hombre y de todas las cosas, el origen de la vida (Dios, que da vida a todas las cosas, 1Ti 6.13), que derrama su amor, su Espermaluz cósmico, como el Sol derrama su luz sobre el mundo: Y cuando el rayo sale del Sol, porción de un todo, pero el Sol estará en el rayo, porque el rayo es sustancia no separada, sino extendida del Sol, así el Espíritu del Espíritu y Dios de Dios como luz de luz encendida (Tertuliano, Apología, 21.12). Como los rayos del Sol alcanzan los lugares que están sobre la tierra, igualmente Cristo tiene una sustancia sola, e ilumina todo lugar. Pues éste es la luz verdadera y el Sol de la vida. Éste es la luz del Padre (Enseñanzas de Silvano, 99, 101). La Tierra toda está llena de la misericordia de Dios (esto era puro panteísmo: para que Dios sea todas las cosas en todos, 1Co 15.28) y así como el Sol sale cada día en el universo, así el Sol místico de la justicia sale para todos, para todos ha llegado, para todos ha sufrido, para todos ha resucitado (San Ambrosio, Coment. al Salmo 118).
El Falo o Padre era un Sol hipersustancial (ὁ Πατήρ ὑπερούσιος ἥλιος, San Juan Damasceno, Expositio fidei, 12b), el Sol del Sol (ἡλίου ἥλιος, Filón, De specialibus legibus I, 279). El Falo solar era el Arquetipo que llena todo el universo con su semen o pneuma luminoso (Sab 1.7), era el Sol de la vida, el Sol espiritual, que es el Sol de justicia. En efecto, el mundo no fue hecho por esta luz visible, puesto que también ella es parte del mundo, sino por esta verdadera Luz (Orígenes, Com. in Canticum, 2/2.10,13). Conviene recordar que en el Génesis la Luz es creada antes que el Sol y por tanto era un fluido distinto de él (Gén 1.3,14). Según Filón, esta Luz invisible e inteligible llegó a ser imagen del Logos divino que explica su nacimiento, y es un astro más allá del cielo, fuente de los astros visibles, a la que no sería fuera de propósito llamar un Resplandor total (παναύγειαν) del que el Sol y la Luna y los otros planetas y (astros) fijos extraen, según la potencia de cada uno, la luz que les distingue, de aquel Resplandor puro e inmaculado (De opificio mundi, 30). Dios es luz..., y no solo luz, sino el Arquetipo de toda otra luz. Llama Sol al Logos divino, paradigma del que gira alrededor del cielo (De somniis 1.75,85). Filón identificó la sabiduría (σοφία) de Dios personificada (con la que más tarde los cristianos identificaron explícitamente a Cristo, 1Co 1.24) con la Luz divina (φῶς τό θεῖον), que es el Resplandor arquetipo del Sol, del cual es imitación e imagen el Sol (τό ἀρχέτυπον ἡλίου φέγγος, οὗ μίμημα καὶ εἰκών ἥλιος, De migratione Abrahami, 40). Un siglo y medio después de Filón, Clemente alejandrino venía a decir lo mismo de Cristo, el Logos que nos ilumina, que es una Luz más pura que el Sol, más dulce que la vida de aquí. Aquella Luz es la vida eterna, y cuanto participa de ella, vive (Protréptico, 11.113,114). La luz de Cristo era el Logos, es decir, el semen de Dios (Ens. de Silvano, 99 → San Justino, Apología I 32.8). Semen est verbum Dei, el semen es el Verbo de Dios (Lc 8.11). El «Verbo» de Dios no tenía absolutamente ningún sentido lingüístico, porque el reino de Dios no consiste en palabras (1Co 4.20), y en ningún lenguaje estaba la vida o luz (Jn 1.4), ni con ningún lenguaje se podía crear el universo (Jn 1.3, Co 1.16, Heb 1.2, 11.2). El semen o «Verbo» era la forma de expresarse de Dios, su razón o logos spermatikós. Como la luz era la expresión del Sol, el semen era la expresión del Falo. Dios es luz (Filón, De somniis, 1.75, 1Jn 1.5). Esta imagen no quería decir que Dios estuviera compuesto de fotones y electrones, ni era una simple metáfora literaria de la divinidad del Falocristo, sino su definición más cabal: Yo soy la luz del mundo (Jn 8.12; 9.5; 12.46). Este semen luminoso del Falo solar era el que engendraba los hijos de la luz (Jn 12.36, Ef 5.8; 1Te 5.5), que nacían de forma tan ficticia como nunca nació el Hijo de Dios, cuando en el bautismo recibían el chorro seminal de la eyaculación de Dios: Este bautismo significa perdón de los pecados; engendra una luz que se esparce en derredor; él engendra al hombre nuevo (Hechos de Tomás, 132).
Si a nivel físico, secundum carnem, la concupiscencia engendra el pecado, y el pecado, siendo consumado, engendra la muerte (Stg 1.15), en su transposición mística, el espermaluz del Falocristo quita de en medio el pecado (Heb 9.26) y da la vida eterna (Jn 10.28), y todo el que ha nacido de Dios no hace pecado, porque el esperma (σπέρμα) del mismo permanece en él. Omnis qui natus est ex Deo peccatum non facit, quoniam semen ipsius in eo manet (1 Jn 3.9).


_______________________________________________________________________________ En esta entrada, falos de varios lugares de Japón: Kyoto (arriba), Nikaho, Naruko (centro) y Nagasaki (abajo).
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